“¿Y si no se hacen trampas… qué sale?”

La Iglesia de la Calentología no admite que se cuestionen sus dogmas ni las supuestas pruebas científicas con las que justifican su creencia en que el ser humano está alterando el clima del planeta. Escuchamos muchos gritos, muchas bravatas, muchas afirmaciones arrogantes, muchos golpes en el pecho para demostrar que tienen mucha fe, y, sobre todo, grandes esfuerzos para silenciar a las voces críticas con su ideología, pero lo que nunca presentan son pruebas científicas sólidas de que los dogmas de esta religión tienen una base científica. Como sucede con tantas y tantas religiones y pseudociencias, para sus creyentes cualquier cosa es suficiente para confirmar su fe, porque lo que realmente les importa es la pertenencia a la Iglesia, es decir, el aspecto social. Para los que no somos creyentes no debería servirnos cualquier cosa.

Como hemos visto en “El palo de hockey“, el análisis crítico de las pruebas lo que nos dice es que la Calentología es una pseudociencia cuya base real es una inmensa chapuza. Pero eso no nos lo cuentan ni los miembros de esta Iglesia ni los científicos cuyas carreras e ingresos dependen de adorar al becerro de oro. O a la niña profeta.

Andrés nos acaba de regalar un artículo con datos y argumentos:

Y si no se hacen trampas… qué sale?

¿Hay que creerle? No, no hay que creer a nadie: hay que tener un sano escepticismo y molestarse en mirar los datos y los argumentos por uno mismo. Y cuestionarlos. Y aceptar que lo que veas y pienses te puede situar fuera de la manada de linchadores.

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