El BMI y la paradoja de la obesidad

El Índice de Masa Corporal (IMC o BMI, de sus siglas en inglés), es usado frecuentemente como indicador de si tenemos sobrepeso/obesidad. El principal problema de este indicador es que todos los kilos los considera iguales, y no es lo mismo un kilo de grasa que de músculo, ni es lo mismo un kilo de grasa visceral que un kilo de grasa en el trasero. Un kilo NO es un kilo.

Teniendo en cuenta mi peso y altura, tengo un BMI de 24, casi sobrepeso. Pero la realidad es que mi grasa corporal está por debajo del 10%. El BMI es sencillo de calcular, no duele, no es invasivo, es barato, pero cualquier resultado científico que use el BMI como indicador de obesidad está viciado de origen. Veamos un ejemplo.

Hay un resultado científico, denominado la “paradoja de la obesidad”, que dice que para bastantes patologías tener sobrepeso parece tener un “efecto protector” (ver nota al final de este escrito): hay menor mortalidad en las personas con sobrepeso comparadas con las delgadas. No, no me he equivocado al escribirlo, por eso dicen que es una paradoja: parece que a los que tienen sobrepeso les va mejor.

¿Es eso cierto? ¿Es mejor tener sobrepeso que estar delgado? (¡tendría narices, justo ahora que he conseguido adelgazar!)

Es posible que en algún caso tener una reserva extra de energía pueda ayudar a hacer frente a una enfermedad, pero en principio yo desconfío de este resultado, porque en realidad el resultado es que tener un BMI elevado parece “reducir el riesgo” frente a tenerlo bajo, no que tener sobrepeso reduzca el riesgo. BMI elevado no equivale a sobrepeso.

Por ejemplo, una posible explicación de la paradoja (ver) es que muchos de esos estudios están realizados en personas de avanzada edad, unas edades a las que “no se llega” teniendo grasa visceral. Es decir, los que tienen grasa en esos estudios la tienen predominantemente de caderas para abajo, no en la cintura. Tienen sobrepeso pero no resistencia a la insulina y por tanto no tienen un mayor riesgo. Es más, esa grasa no-visceral podría tener un efecto protector. El problema sería que el BMI no distingue la ubicación de los kilos. Y la conclusión en realidad no sería que la grasa abdominal te proteja, sino totalmente al contrario: con grasa abdominal no vives lo suficiente para formar parte del estudio.

Otra posible explicación (ver) de la paradoja de la obesidad es que a esas edades un BMI elevado sea indicador de tener mucha “masa libre de grasa”, no de adiposidad. O en otras palabras, lo protector sería tener mucha masa muscular, no tener adiposidad. El problema sería que el BMI no distingue los kilos de huesos, agua, grasa o músculo.

También es posible (ver) que la grasa abdominal, la misma que con los años acaba desembocando en enfermedades, sea protectora cuando esas mismas enfermedades se manifiestan, y ya no quedan tantos años por vivir. Pudiera ser. En cualquier caso, una conclusión no cambia: mientras seas joven mantente delgado.

El problema es traducir “tener el BMI alto, a cierta edad, disminuye el riesgo de contraer tal enfermedad” como “tener sobrepeso es protector“, porque no son afirmaciones equivalentes. Y, por supuesto, no olvidemos que hablamos de estadísticas, números. Dos personas con el mismo BMI no necesariamente tienen el mismo riesgo, aunque un número, el BMI, diga que sí. A lo mejor tú no tienes las características que realmente protegen a los que tienen tu mismo BMI. Si miramos otros parámetros, como la cantidad de grasa abdominal, el “riesgo” puede ser radicalmente diferente.

Como conclusión: el Índice de Masa Corporal es un parámetro a olvidar, al igual que lo es el peso. Hay otras medidas, como medir la grasa abdominal (con báscula avanzada o plicómetro), medir el contorno de la cintura o mirarme en el espejo que me parecen más fiables.

NOTA FINAL

Cuando dos parámetros (e.g. BMI y y existencia de enfermedad cardiovascular) guardan una relación matemática se dice que están asociados o correlacionados. Es una relación matemática, no médica ni fisiológica. Otra forma de expresar esa relación es decir que uno de los parámetros aumenta o disminuye el riesgo de que se dé el otro. Esa forma de hablar es en parte una manipulación, pues induce a pensar que existe una relación causa-efecto, que las matemáticas no demuestran salvo en casos extremos. Hablar de efecto “protector” es dar un giro de tuerca más en la manipulación, pues en este caso es explícita la alusión a una relación causa-efecto: “protege”. Por ejemplo, en este artículo o en este otro.