Obesidad, una narrativa (I)

¿Por qué estamos engordando? Voy a desarrollar un supuesto que identifica dos culpables:

  • a) horarios o formas de vida “modernos” que no nos dejan comer lo que debemos y cuando debemos y
  • b) la fraudulenta teoría del balance energético.

En realidad se puede argumentar que habría un tercer culpable, que sería la mala calidad de lo que comemos, pero, en mi opinión, no estaríamos comiendo así de mal si la teoría del balance energético no sirviera para exonerar los “productos comestibles” como causantes de la obesidad. La causa raíz de la mala calidad de lo que comemos es la pseudociencia del balance energético.

La narrativa

Casi todos llevamos ritmos de vida ajetreados. No comemos cuando tenemos hambre, sino cuando podemos comer. Y no comemos dónde queremos y lo que queremos, sino dónde podemos y de lo que hay disponible en cada momento. Y esa forma de vida “moderna”, en la que muchas veces no tenemos oportunidad de cocinar nuestra propia comida, existe en el contexto de una progresiva industrialización de los productos alimentarios. Los productos que nuestros antepasados de hace miles de años reconocerían como comida apenas forman parte de nuestra alimentación. Y hemos llegado a esta situación, en gran parte, por culpa de la estúpida teoría de que a la hora de engordar lo único que importa es si el producto alimentario tiene más o menos calorías. Fruto de la estupidez colectiva que supone esa teoría, a la población se nos ha recomendado que basemos nuestra alimentación en las harinas (los mal llamados “cereales”) y en lugar de desincentivar el consumo de productos azucarados, se nos ha dicho que todos los productos pueden formar parte de nuestra alimentación “en su justa medida”, que “no hay alimentos buenos y malos, sino dietas más o menos adecuadas”, que significa que puedes comer lo que quieras, mientras no te pases o mientras luego lo compenses. O sea que sigas igual que hasta ahora, pero comiendo menos. O sea, que sigas como hasta ahora.

En resumidas cuentas, estamos consumiendo una dieta basada en harinas que nos hace tener hambre a todas horas, en el contexto de unas “formas de vida” que a menudo no nos permiten satisfacer esa hambre cuando se produce. El hambre no satisfecha produce una respuesta fisiológica: nuestro cuerpo, sintiéndose amenazado, fomenta la acumulación de grasa corporal. Se hace más eficiente almacenando grasa y reduce funciones no vitales para dedicar más recursos a garantizar las reservas de energía a largo plazo. Y encima tenemos hambre. Teniendo en cuenta, además, que lo que comemos no son alimentos de verdad, sino productos propensos a ser almacenados como grasa corporal (por ejemplo porque combinan de forma antinatural tanto grasas como azúcares), la consecuencia es que empezamos a ganar uno o dos kilos cada año. Pero no le damos importancia hasta que es evidente que no es una subida pasajera. En ese momento ya nos sobran 5 kilos.

Tienes claro que estás ganando peso y crees que el problema es que estás comiendo “demasiado” o que llevas una vida sedentaria. La teoría del balance energético nuevamente entra en acción, haciéndote creer que conoces las causas y soluciones al problema. Empiezas a controlar el tamaño de las raciones y sales a correr por las mañanas o te apuntas a un gimnasio, pero lo único que estás consiguiendo es agravar el problema: estás fomentando tener cada vez más hambre insatisfecha. Al principio te funciona y pierdes unos kilos, pero tu cuerpo está poniendo en marcha mecanismos que sirven para garantizar la supervivencia en tiempos de escasez. Tu cuerpo no sabe que tú quieres pasar hambre, sólo sabe que falta comida y que pide comida y no le llega. Y, como decía, no sólo no le das la comida que pide, sino que cuando comes lo haces en base a los mismos productos intrínsecamente engordantes, porque te han dicho que deben ser la base de tu dieta. Es una tormenta perfecta: tu cuerpo fomentando la acumulación de grasa corporal y tú dándole productos que son perfectos para engordar. Pero tú lo interpretas como que mereces consumir esos productos. Has estado haciendo un sacrificio durante meses y mereces consumir lo que quieras, porque además están dentro de tus cálculos de calorías. Te gustan y mereces consumirlos.

Tu cuerpo está en tensión, y cada vez el hambre se hace más insoportable. Además, tienes otros problemas, con el novio, con el jefe o con tu hermano, y lo último que necesitas en este momento es no poder comer lo que quieres comer, lo que te apetece comer. ¡Vas a acabar desmayándote mientras conduces o en medio de una reunión! Sólo iba a ser una galleta de chocolate, pero después de esa galleta ha venido la caja entera y luego media tarrina de helado, hasta que ya no te cabía más. Te sientes una mierda porque has cedido y te has saltado la dieta. El peso ya no baja, has dejado de ser estricta con la dieta, y crees que lo segundo ha causado lo primero. Cuando te quieres dar cuenta han pasado un par de años, y ya pesas un par de kilos más que antes de empezar a hacer dieta.

Durante un tiempo ni te planteas hacer dieta otra vez. Vas a comer lo mismo que tu círculo de amistades. Pero, no te gustas con tanto peso. Pasados unos meses, decides volver a intentarlo, “esta vez en serio”, esta vez de verdad y sin poner excusas. Y vuelves a cometer los mismos errores que has venido cometiendo desde el principio, pero no lo sabes porque crees que el problema es “comer más de lo que gastas”. Cometes los mismos errores esta vez y la siguiente. Y la siguiente de la siguiente.

Un comentario

No digo que las cosas sucedan exactamente de la forma descrita, pero me ha llamado la atención la idea de que engordamos porque, “por nuestro estilo de vida moderno, sometemos a nuestro cuerpo a situaciones de hambre insatisfecha” en combinación con una dieta basada en productos engordantes. Esa idea la he encontrado en un libro de la enfermera Jean Antonello que se titula “The Great Big Diet Lie” (La Enorme Mentira de la Gran Dieta). Ciertamente también he puesto de mi parte a la hora de redactar la entrada, pero esa idea que destaco viene del libro citado. El caso es que, correcta o no, me resulta una idea curiosa porque busca una explicación en la fisiología, no en las matemáticas, y no se limita a echar la culpa a la víctima con la estigmatizante mentira de que todas las dietas funcionan, pero los obesos no las mantienen. Otra cosa interesante es que el planteamiento de esta señora lleva a una solución que creo interesante: abandonar la dieta de las harinas. Sin hambre a todas horas y sin vernos “forzados” a recurrir a productos engordantes, porque escogemos lo que comemos y podemos esperar hasta el momento de poder consumir esos productos, según el planteamiento de esta enfermera no estaríamos creando constantemente situaciones de “hambre insatisfecha” y nuestro estilo de vida no tendría un efecto tan perjudicial en nuestro tejido adiposo.

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