Etiquetado: historias reales
Mi balance del verano
Tengo algunas entradas interesantes en la recámara (entre ellas la siguiente que publicaré y que puede que sea la mejor que he escrito hasta ahora en el blog), pero como el verano se acaba, me apetece contar cuál ha sido mi experiencia.
En cuanto a la forma de comer, he seguido con la misma tónica de seguir comiendo bien y no hacer excepciones con comida que no es comida. Ha sido un verano sin helados, sin cerveza, sin horchata, sin granizados de limón, sin refrescos, etc. Supongo que a más de uno le puede parecer duro, pero no tenía intención de cambiar mi forma de comer, y no la he cambiado. No es cuestión de fuerza de voluntad, simplemente sé cómo quiero comer y estoy demasiado contento con mi estado físico como para hacer experimentos que no me aportan nada.
Otro de los hechos que quiero destacar es que me ha dado por hacer ejercicio, más ejercicio del habitual. No he podido dejar pasar un solo día sin hacer algún tipo de actividad física que me hiciera sudar. No lo tenía planificado, simplemente era lo que me ha apetecido.
En el aspecto tenístico, decidí hace unos meses olvidar mi revés a una mano y probar con dos. He dedicado gran parte del verano a tratar de aprender el golpe, viendo vídeos, practicando en solitario en el frontón y haciendo pruebas en los partidos con los amigos. Tengo un amplísimo margen de mejora, pero estoy satisfecho con mi evolución. Creo que el cambio ha sido una buena idea, aunque a corto plazo mi competitividad se resienta.
También quiero contar que unos amigos vinieron a visitarnos y las dos familias fuimos juntos a cenar a un restaurante de tipo buffet-libre. Y no me gustó la experiencia. En esta época de mi vida no estoy acostumbrado a comer por comer: normalmente como hasta que sacio el hambre y nunca me quedo con sensación de haberme pasado. Pero en ese restaurante no comí por hambre, sino por «aprovechar» el gasto y por probar comidas que no suelo comer. No me salté la dieta, porque solo comí alimentos de verdad —salvo por tres mini-saquitos chinos al vapor, creo que con harina de arroz por fuera y a saber qué por dentro—, pero comí demasiado, más allá de lo que el cuerpo me pedía. No me gustó la sensación y no es una experiencia que quiera repetir.
Al día siguiente fuimos a cenar a un local en la playa de Valencia, y la experiencia fue completamente distinta. Casi nada se adaptaba a mi forma de comer, y acabé cenando media ensalada y media hamburguesa (que pedimos sin el pan), compartiendo platos con mi hija mayor. Comí lo que me apetecía y cuanto me apetecía, y acabé mucho más satisfecho que en el buffet-libre. En otra época de mi vida habría arrasado con los postres de ambos establecimientos, pero no cambio comer lo que como y estar como estoy, por comer lo que comía y estar como estaba.
Como último comentario, recuerdo haber hablado de dietas el verano pasado con un matrimonio, parte de mi familia política. Hace un año me decían que el pan no engordaba, que todo era cosa de «menos plato y más zapato» y eran de los que con cualquier excusa, o sin ella, iban a un McDonalds a comer. Las personas a las que me refiero tenían obesidad en el caso de ella y una buena barriga en el caso de él. Ella además sufre de fibromialgia. Pero este verano, y desde hace unos meses, ambos siguen una dieta muy parecida a la mía, aunque presumen de no ser «talibanes» y saltársela cuando les apetece. Lo curioso del asunto es que no lo hacen porque hayan visto cómo me va a mí, sino porque ¡lo han leído en un libro! Un libro de la esfera paleo que le regaló a ella uno de sus clientes… Dicen que están contentos con su nueva forma de comer y ambos me cuentan que han notado una drástica reducción de la sensación de hambre. No sé cuánto peso han perdido, pero ambos se sienten bien y con energía.