¿Cuál es la efectividad real de las dietas de adelgazamiento?

En 1997 se organizaron unas conferencias sobre pérdida de peso a las que asistieron miembros de la Federal Trade Commission, una agencia federal de EEUU, y representantes de centros de adelgazamiento.

Una de las cuestiones que se planteó en esas conferencias fue la necesidad de que esos centros informasen a sus clientes de los resultados que cabía esperar al contratar sus servicios, es decir, que le dijesen a la gente cuál era la esperanza real de adelgazar. Los representantes de dichos centros se opusieron a dar esa información. ¿Cómo lo argumentaron?

Arguments against disclosing such data included the difficulty and the cost of collecting such data, the possibility that low long-term success outcomes might discourage people from trying to lose weight, the differing views of what constitutes “success” in weight loss, and the need for a “level playing field” among all providers of weight loss products and services.

Los argumentos en contra de dar esos datos incluyeron la dificultad y el coste de conseguir esa información, la posibilidad de que la baja tasa de éxito a largo plazo pudiera desanimar a la gente de intentar perder peso, los diferentes puntos de vista sobre lo que constituye “éxito” en la pérdida de peso, y la necesidad de una reglas del juego homogéneas para todos los proveedores de servicios y productos para pérdida de peso.

El coste de conseguir los datos de pérdida de peso. Ya. Como que esos datos no los tienen. Como que esos datos no tendrían toda la publicidad del mundo si les fueran favorables.

La alta tasa de fracaso del método podría desanimar a la gente a contratar los servicios de esas empresas. Sí, parece razonable que los clientes se lo piensen dos veces antes de gastar su energía, tiempo y dinero en unos centros que no dan nada a cambio. Igual de razonable que pensar que, puesto que esos centros saben que están ofreciendo y cobrando por un servicio que no funciona, dejen de hacerlo, en lugar de seguir estafando a la gente.

En cuanto a la definición de “éxito”, creo que si lo hubiera no necesitarían ponerse de acuerdo en la definición.

En gran parte el problema es creado, en mi opinión, por las propias autoridades, con sus estúpidas recomendaciones sobre nutrición y su falta de ética y rigor al hablar de “dietas milagro”. Lo explico. Los centros de adelgazamiento quieren tener clientes y para ello necesitan tener buena publicidad. No pueden permitirse ser acusados de usar “dietas milagro” o “dietas peligrosas”, por falsa que sea la acusación. Es decir, tienen dos opciones y las dos llevan al fracaso:

  1. si te sales de las recomendaciones oficiales, el negocio se hunde porque el establishment te ataca sin misericordia, y
  2. si te adaptas a las recomendaciones oficiales, el negocio sobrevive pero estafando a los clientes, porque el “come menos y muévete más” no funciona.

El resultado que cabe esperar es que las empresas sigan la opción 2) y culpen del fracaso al cliente, que “siempre se salta la dieta”. Y a seguir ocultando el fracaso sistemático del método.

Por ejemplo, un periódico digital hizo en 2015 un ranking de dietas (ver,ver), y llegaron a la conclusión de que la mejor dieta era la dieta DASH, la que promociona el gobierno estadounidense. Los “expertos” que evaluaron las dietas lo que hicieron fue valorar en qué medida las dietas seguían las recomendaciones del gobierno. Y lógicamente las dietas paleo o low-carb acabaron en la cola del pelotón. Si un centro de adelgazamiento quiere quedar bien posicionado en esa clasificación —y eso es lo que quiere—, ¿qué tiene que hacer? Un espectáculo lamentable en el que no sólo los estamentos oficiales (y los que trabajan de pregoneros de las “verdades oficiales”) son incapaces de dar una solución a la obesidad, sino que impiden que otros la den (ver). El nutricionismo oficial es el perro del hortelano: ni come ni deja comer.

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